Esta mañana dos mujeres hablaban en el vestuario del gimnasio. Una le explicaba a la otra porqué había despedido a un hombre de la empresa donde trabajaba.
Yo me estaba duchando, así que estaba relajada y ajena al conflicto. Tal vez fue por eso que pude percibir, tanto el tono de culpa que había detrás de la voz de esa mujer, así como la sutil condescendencia con la que escuchaba su compañera, que más allá de su opinión real, se había propuesto firmemente hacerla sentir bien:
- Y no era un mal hombre – dijo la primera.
- Pero simplemente no era el indicado – la consoló su compañera.
- Exacto – le respondió. Y luego se despidió con un significativo “gracias”.
sin pedirme nada a cambio. “Gracias” por ayudarme a vivir en esta realidad, aunque no sea cierta. “Gracias” por no hacerme ver una realidad que no quiero ver. “Gracias” por deshacerte de mí de esta forma tan fácil y frugal. “Gracias” por no querer investigar, porque ni yo se si me va a gustar lo que me pueda encontrar detrás.Ambas callaron, pero pude percibir que el vestuario no quedó en silencio, sino con el barullo de sus pensamientos. Una consolándose, reafirmándose, la otra ¿Juzgándola? ¿Criticándola?
Y entonces pensé: vivimos rodeados del barullo de las miles de mentes que nos rodean y de la nuestra propia.
La mente observa y compara. Escucha y saca conclusiones. Percibe y juzga. Toca y modifica. Saborea y realiza grandes criticas.
Recuerda y siente. Planifica y se enerva. Se tranquiliza y se consuela. La mente trabaja sin que se lo pidamos y no deja de hacerlo aunque se lo exijamos.
Siento cierta envidia de los tontos, cuyas mentes sobrevuelan sin detenerse en nada. En ninguno. En nadie. Aquellos para los que “la realidad” es algo que no tiene nada que ver con ellos. Algo que queda muy lejos.
Yo estaba en la ducha, ajena a todo y lo veía todo tan claro. ¿Cuántas veces soy yo la que, con tono condescendiente, intento convencerme de tantas cosas? ¿Cuántas veces soy yo la que doy las “gracias” por dejarme vivir ajena a la realidad? Al margen de lo cierto. Convencida de lo correcto aunque sea incorrecto. ¿Cuántas veces he dado las gracias por no ver exactamente la verdad?ESTOFADO DE GAMBONES.
Absorta en mis pensamientos fui cortando dos puerros muy picados. Una cebolla muy picada. Un pimiento morrón muy picado. Un pimiento verde muy picado. 6 dientes de ajos muy picados y lo puse todo a sofreír en un buen chorro de aceite de oliva.
Revolvía y pensaba. Los ingredientes se iban cocinando, los vapores exquisitos de los alimentos invadían poco a poco la casa mientras mi mente me tendía miles de trampas. La cebolla se cocinaba y mi mente recordaba. Los pimientos se removían y mi mente planificaba. Los ajos se imponían con su sabor imperante y mi mente discutía con fantasmas irreales, creaba situaciones, me revolvía las tripas con realidades paralelas, me dominaba con sus escenarios inventados, me llevaba de aquí a allá, de la pena a la alegría, del amor al rencor, de la realización a la frustración. Y yo, tan crédula, creía dominar mi realidad por el simple hecho de tener un tonto cucharón de madera por el mango.
Una delicia de plato para disfrutar con un buen vino, en el frío invierno europeo que se está viviendo por aquí.
¿En qué pensaba mientras comía los gambones? En los gambones. En el exacto momento en que comía aquel plato tan reconfortante. No siempre le doy a mi mente el poder de dominarme. De vez en cuando le dejo claro quien manda aquí. Que de vez en cuando intento ser yo.
