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sábado, 18 de diciembre de 2010

CHULETÓN PARA ECHAR RAICES.


¿Sabes lo que es el arraigo? Lo busqué en el diccionario y dice: “Dicho de un afecto, de una virtud, de un vicio, de un uso o de una costumbre: Hacerse muy firme. Echar o criar raíces.”
Desde que nacemos nos estamos arraigando a las cosas, como un árbol echa raíces a este mundo y a este mundo pertenece, echamos raíces de pasiones a este mundo que las engendra y a este mundo pertenecemos. Como las pasiones son tan relativas, me pregunto si también lo serán nuestras raíces.

En el vientre nos arraigamos a nuestra madre, nacemos y nos arraigamos a nuestra familia, a nuestras costumbres, a nuestro cuarto, a nuestra casa, a nuestros amigos, a nuestra comida, rutina, juegos, vicios, manías. Y cuando vamos creciendo, los arraigos son cada vez más sutiles y a la vez más fuertes, como el arraigo a nuestra manera de pensar, a los sentimientos, nos arraigamos a nuestra personalidad, a nuestros recuerdos, a nuestros gustos, a nuestra imagen, a nosotros mismos.

No se en qué punto, ese arraigo tan inevitable, que a la vez nos hace sentir tan fuertes y seguros, se empieza a transformar en nuestro yugo, nuestros grilletes, comienza a dominar nuestras acciones y por lo tanto nuestro destino.

A veces cuando despierto por la mañana intento hacer el ejercicio de no saber quien soy y preguntarme qué quiero realmente. Me imagino que no me conozco y busco en mis deseos más espontáneos, no quién he sido hasta ahora, sino quién soy hoy. Así, día a día, es como intento mantener fresco mi espíritu, libre de arraigos que sin querer, me quieren atar a un destino imaginario.

Inténtalo, te puedes llevar la grata sorpresa de liberarte de todo lo que tienes que hacer y empezar a descubrir lo que realmente quieres.

CHULETÓN URUGUAY (con ensalada de zucchini y berenjena)

Será por el arraigo, tal vez o llámame loca, pero cuando puse estos dos chuletones en la plancha, no pude dejar de pensar en Uruguay.

La receta fue sencilla, calenté la plancha, cociné los dos “Uruguay” a fuego fuerte de un lado, cuando estaba doradito lo coloqué del otro lado y cuando estaba doradito le eché una buena cantidad de sal gruesa (gorda) por arriba. A la carne siempre ponle la sal al final porque si no, absorbe los “jugos” y te queda seca. También es preferible la sal gruesa por la misma razón y además porque (esto es de mi cosecha) los granitos de sal te llegan a la lengua, tus papilas gustativas se abren en todo su esplendor y allí, cuando han perdido el juicio y se han entregado a todo lo que venga, las ataca el chuletón.

Lo serví con una ensalada de zucchini y berenjena (Muy ligera y sabrosa).

Pones a rehogar en un buen chorro de aceite de oliva virgen extra, media cebolla. Cuando esté transparente agregas dos zanahorias cortadas en rodajas y una berenjena sin piel cortada en cubitos.
Cocínalas unos 20 minutos a fuego lento.
Luego agregas un zucchini cortado en rodajas y cocinas todo otros 15 minutos revolviendo constantemente (no te arraigues, es una receta momentánea, mañana será otra). Luego agregas sal, pimienta negra y una cucharada de romero picado.


Al chuletón lo dejé medio crudo, me salió el animal de adentro y además porque estaba convencida de que me estaba comiendo un pedazo de mi tierra. Si mi país se pudiese comer, me lo comería crudo. Si pudiese comer los recuerdos más lindos de mi vida para que se integren en mi organismo y no se separen de mi nunca más. Si pudiese comer este paisaje tan hermoso, el olor a eucaliptos de los bosques, el sonido de las hojas de los árboles que se mueven con el viento y susurran ese característico “shhhhhh”, como pidiéndole silencio a todos mis pensamientos. Si pudiese comer el clima cálido de una noche de primavera, la luz de un fogón al atardecer, el maravilloso cielo plagado de estrellas de una playa sin gente. El momento exacto en que entierro mis pies en la arena todavía calentita de la última hora de sol. Si se pudiesen comer las conversaciones frontales que sólo se tienen con grandes amigos, los abrazos de mi madre, las miradas pícaras de mi padre mientras tomamos un par de whiskys para despertar la filosofía que duerme en nuestras mentes. Las risas imparables que sólo te provoca un hermano, porque en parte te ríes de él, porque nadie lo conoce como tú y en parte te ríes de ti, porque nadie te conoce como él. Si se pudiesen comer las sonrisas cómplices, las miradas pasionales de las primeras conquistas, la inocencia de nuestra alma, la pureza de nuestros pensamientos de niños, la sorpresa de nuestra juventud y la primera vez que escuché aquella canción, que linda era. Si pudiese comer “cuánto te quiero” para asegurarme de que siempre te querré así.

Si pudiese integrar en mi sistema todo lo que más quiero para trasformarlo en un presente constante que nunca me abandone, así como este chuletón se transformará luego en mis músculos, este chuletón que insisto, para mi se parece a Uruguay.